Estafas con tratamientos para adelgazar

Investigación de la Universidad Favaloro. Un equipo de médicos recorrió 25 consultorios de “especialistas” en obesidad. Se encontraron con un negocio demasiado peligroso: nutricionistas truchos, recetas delicadas para la salud y diagnósticos disparatados. Los agujeros legales y la falta de control que favorecen el fenómeno.

El caso Rímolo podría haber servido para algo más. Podría haber tenido otra función, más allá de “entretenernos” en programas de chimentos y no tanto. Pero no. La alarma pública ante una muerte desencadenada por un tratamiento para adelgazar prescripto por una falsa médica duró apenas unos días. El escándalo que siguió quedó reducido a la popularidad de Giselle y de su ex pareja, Silvio Soldán. En el terreno específico de la salud, las consecuencias fueron efímeras: decenas de supuestos especialistas en obesidad siguen “tratando” gente en nuestro país con terapias de dudoso origen, eficacia incierta y riesgos más que probables.

Así lo refleja una investigación conducida por el especialista en obesidad Jorge Braguinsky, director del Posgrado en Nutrición de la Universidad Favaloro, y realizada por los médicos Laura Chiattone, Ignacio Spilberg y Raquel Wolfenson. Los profesionales se presentaron como si fueran pacientes en 25 “consultorios” de Capital Federal y el conurbano, donde ofrecían tratamientos milagrosos o terapias “raras” para adelgazar y comprobaron delitos y estafas graves.

El tema se inscribe en una problemática aún mayor: según reconocen especialistas y autoridades nacionales y porteñas, en la lucha contra el sobrepeso y la obesidad hay, además de inescrupulosos, infinidad de agujeros legales, normas de sospechosa laxitud y conflictos de competencia que favorecen el descontrol y abandonan al paciente a su propia suerte.
“Nos propusimos investigar el charlatanismo y la mala praxis en el tratamiento de la obesidad —cuenta Chiattone—. Habíamos recogido el testimonio de pacientes que habían sido estafados o seducidos por personas que ofrecían soluciones mágicas y algunas cosas sonaban tan increíbles que quisimos experimentarlas en carne propia”.

El pasacalle despliega su seducción en la estación de trenes de Bella Vista: “Adelgace sin esfuerzo. Baje de 6 a 8 kilos en la primera semana. Sin efecto rebote, sin pastillas, con auriculoterapia”, propone. Al pie, un teléfono y la tarifa: 20 pesos la visita. El anzuelo recoge sus presas: dos hermanos y una amiga (los médicos, en realidad) se entregan a la consulta. En una casa de familia los recibe una sesentona que “promociona” al doctor mostrando una oreja con varias semillas sostenidas con cinta plástica. “Acá bajás de peso sí o sí”, asegura y les hace precio: “15 per cápita”, sonríe, mientras un supuesto doctor que dice tener posgrado los recibe en una habitación oscura.

“Dijimos tener depresión, atracones, bulimia y antecedentes de diabetes, colesterol alto e hipertensión arterial. Nos hizo pasar al baño de a uno y nos pesó vestidos, con zapatos, algo que un médico jamás puede hacer”, explica Spilberg. “Después nos dijo que evitáramos las grasas pero nos hizo una dieta hipergrasa —con aceites y carnes—, nos puso un par de “aros de juguete” y nos aseguró que tendríamos menos ganas de comer. Nunca supimos si era médico, pero sin duda era un estafador”, subraya Spilberg.
Durante la investigación, los médicos iban de a dos o de a tres, como pareja, hermanos o amigos. Fueron atendidos en casas de familia, gabinetes de masaje, quinchos, garajes y hasta gimnasios. Detrás del “especialista” encontraron desde médicos hasta amas de casa, tarotistas, astrólogos, masajistas y supuestos médicos chinos. Y les ofrecieron desde dietas, pastillas y auriculoterapia (estimulación de puntos de la oreja) hasta “parches antiobesidad”, “aros anticolesterol” y “plantillas mágicas”.

Los “casos” fueron seleccionados al azar de publicidades en medios gráficos, volantes callejeros, pasacalles y testimonios personales. Llegaron a pagar 400 pesos la consulta y les pasaron presupuestos de hasta 3.000 pesos. “Algunos son tan hábiles que por momentos hasta me confundieron. Hasta parece que saben…”, confía Chiattone.
“Muchos de estos personajes no tenían ninguna capacitación y se proponían como grandes expertos. El problema es que sus propuestas son seductoras y la gente las compra. Y este anzuelo es especialmente tentador para los obesos, porque en general prueban de todo y en busca de un milagro caen en cualquier lado”, comenta Spilberg.

Casa de familia en Lomas del Mirador. Una mujer que asegura ser doctora holística —y hasta relata un pasado en el Hospital de Clínicas—, los hace pasar a una habitación con poca luz, una balanza de baño y una cama con aires de camilla. Chiattone dice tener trastornos de ansiedad y problemas con la comida; Wolfenson, trastornos de imagen corporal, y Spilberg, diabetes e hipertensión. La mujer le dice a Spilberg que “estás pelado y con andropausia” y suelta, sin más: “Debés tener problemas sexuales, ¿no?”. Después lo pesa vestido y le toma la presión sobre el pulóver: “Sos hipertenso.

Te tengo que medicar”, le dice, y le da diuréticos.
“No sólo no es hipertenso sino que le tomó la presión de cualquier manera, arriesgó sin fundamento diagnósticos difíciles de digerir (lo cual supone un gran maltrato) y le dio diuréticos cuando él le había dicho que era diabético, eso está contraindicado”, se enoja Chiattone, a quien no le fue mejor: la “doctora” le dio unas pastillas que “ella misma vende” y “auriculoterapia tan efectiva como la medicación”. “La mujer nos dio fármacos antiobesidad (fluoxetina y mazindol) y diuréticos, diciendo que era algo natural. Es gravísimo. Como es grave que algunos colegas, para cobrar, prescriban sustancias que son inocuas para adelgazar”, sentencia.
Fue como hacer una cámara oculta, pero sin cámara. El registro tenía fines médicos y éticos: expertos en obesidad viendo con sus propios ojos cómo otros se aprovechan de la desesperación de la gente. “Decíamos que queríamos bajar de peso y planteábamos algún otro problema asociado al sobrepeso, como diabetes, hipertensión. Contábamos síntomas que describen cuadros clínicos claros y discutíamos entre nosotros para que pareciera más real”, repasa Chiattone.

Las publicidades en medios locales hablaban de “dieta china, micro-esferas naturales y cambios metabólicos”, pasaportes a una pérdida de entre 3 y 6 kilos en quince días. “Sin agujas y sin dolor”. Promesas que el “terapeuta” inflará cuando reciba a los “pacientes” en un consultorio de Ramos Mejía, “uno de los 80 que tiene”, según fanfarronea. Mientras lo esperan, el timbre suena y resuena y una secretaria les da tres fotocopias con la dieta, “para no perder tiempo”. No sólo es la misma para los tres, sino que de china no tiene nada. Sólo incluye los consejos del controvertido doctor Robert Atkins, autor de una peligrosa dieta que suprime hidratos de carbono y azúcar.

Chiattone y Spilberg fundamentaron su visita en un hambre desmedido y dificultades para cuidar el peso, y mencionaron estudios clínicos que “no dieron muy bien”. El hombre les respondió que “con la auriculoterapia podrán comer todo el día” y que la “acupuntura reemplazará a la medicina ortodoxa por su fracaso con la obesidad”. Después selló la hoja con un número de matrícula de cuatro cifras —que no existe— y los despidió con un portazo. “Una estafa del principio al fin”, resume Spilberg.
Según fuentes del Ministerio de Salud, la “auriculoterapia —agujas o aros que estimularían centros energéticos— no está reconocida. Existe la acupuntura, que no es ilegal, pero algunos usos también son éticamente cuestionables”.

Los médicos/pacientes se llevaron de los “consultorios” tarjetas “profesionales” firmadas y selladas, prescripciones, aritos para acupuntura, dietas impresas y presupuestos de tratamientos. “Está todo documentado. Pero lo peor fue lo que vimos y escuchamos”, asegura Chiattone.
“Explotan la falta de acceso de la gente a tratamientos serios. Hay que tomar conciencia de que la obesidad es una enfermedad, y que el tratamiento debe considerar toda la situación clínica. El problema no es que se medique, sino quién y cómo”, advierte Braguinsky.
La mujer se propone como dentista homeópata y asegura ser especialista en un “procedimiento energético dietético depurativo” que resuelve los problemas de obesidad. Trabaja a unas cuadras del Obelisco y recibe a pacientes sólo por recomendación, algo que chequea muy bien antes de dar su dirección. Al llegar, cobra 40 pesos y va a los bifes: “¿Sobrepeso y diabetes? Con mi método va a equilibrar las dos patologías”. Deja su silla y se para detrás de Spilberg.

“Puso sus manos sobre mi ca beza y me dijo que me estaba transmitiendo energía porque estaba atravesando un serio cuadro depresivo —relata él—. Me recomendó ´infusiones que dan vigor y depuran los pensamientos tóxicos´ y me medicó con homeopatía. Fue el extremo de la chantología”, se ofusca el especialista.
A Braguinsky no le sorprende que las “soluciones mágicas y el charlatanerismo” asomen en el terreno del sobrepeso. “Se asocia la obesidad al fracaso del tratamiento y a la falta de voluntad. Estas propuestas operan sobre la desesperación. En la contradicción que hay entre la imagen corporal socialmente exigida y las posibilidades de tenerla florecen estos atajos”, dice.

“Algunos dan cócteles de pastillas que tienen cualquier cosa. La gente toma diez por día y ni imagina las consecuencias que puede tener más adelante, el riesgo que implican”, inquieta. “Hay varios delitos (como mala praxis y ejercicio ilegal de la medicina) y faltas éticas graves en otros casos. Lo llamativo es que nosotros lleguemos a ellos tan fácilmente (buscando en una revista o recogiendo un volante) y que los inspectores y las autoridades sanitarias no los persigan”.

Desde la Dirección de Registro, Fiscalización y Sanidad de Fronteras del Ministerio de Salud le responden sin contradecirlo: “Se hacen cada tanto inspecciones sobre publicidades, pero muchos no tienen dirección o ponen un celular o una página Web y es difícil encontrarlos. En general la investigación arranca con una denuncia, pero hay muy pocas. Sólo las sociedades de Nutrición y otras entidades nos traen algunos casos. Es muy difícil controlarlos”, reconocieron a Clarín.

Braguinsky subraya que los tratamientos serios requieren tiempo. “Adelgazar es un proceso que implica cambios en la conducta alimentaria y en la actividad física. Las soluciones mágicas no existen, o no se sostienen en el tiempo, o son riesgosas. El mal tratamiento es peor que la falta de tratamiento”, asegura.
Un dato sencillo obliga a pensar: si las promesas y los métodos fueran eficaces, ¿por qué los grandes laboratorios invierten 5.000 millones de dólares al año investigando y desarrollando fármacos que derroten la obesidad?

Lo dicen los expertos y hasta lo aceptan los funcionarios de las áreas competentes: la lucha contra el sobrepeso es tierra de nadie. Y no es lo mismo un burro que un gran profesor… Una sana desconfianza y precaución pueden evitar males bastante peores que algunos kilos de más.

Los “médicos golondrina”

En el ambiente profesional los bautizaron “médicos golondrina”: son los que una vez al mes van a una ciudad del interior, alquilan un cuarto en una casa de familia y atienden en una jornada a decenas de pacientes, a quienes les suelen vender pastillas “capaces de cualquier milagro”.

“No hay que generalizar, algunos son serios. Pero es cierto que muchos aplican indiscriminadamente la misma terapéutica a distintos pacientes, hacen consultas relámpago y pasan por alto otras patologías. Es un peligro”, dice el doctor Julio Montero, ex presidente de la Sociedad Argentina de Obesidad. “Los médicos golondrina hacen todo lo que está prohibido. Ven al paciente en diez minutos, le venden remedios, le prometen éxitos… Pero no hay muchas denuncias y podemos hacer poco”, reconocieron en la Dirección de Registro y Fiscalización del Ministerio de Salud.

Identifique a los charlatanes

El número de matrícula del médico debe tener 5 cifras (si ronda los 20.000 puede que su propietario esté muerto).
Los médicos deben renovar su certificado cada 5 años.
No pueden hacer ni vender remedios ni productos dietéticos. Tampoco pueden ser dueños ni directivos de lugares que lo hagan, ni tratar con productos de preparación exclusiva y/o secreta.
Los médicos no pueden prometer éxitos: la medicina no certifica resultados.

Los médicos no pueden anunciar curaciones fijando plazos ni anunciar procedimientos, técnicas o terapéuticas ajenas a las que se enseñan en las facultades: por ejemplo, la “auriculoterapia”.
Los médicos extranjeros deben exhibir una revalidación en una universidad nacional.

Las soluciones “naturales” pueden ser peligrosas

Si bien la mayoría de los suplementos dietarios son de venta libre, consulte siempre al médico o farmacéutico.
Si suena demasiado bueno para ser cierto, es probable que no lo sea. Los milagros, en materia de obesidad, no existen.
Se sabe menos sobre hierbas y botánicos que sobre vitaminas y minerales. No existen estándares científicos para hierbas y botánicos que indiquen dosis, seguridad o pureza (no hay suficientes estudios que establezcan exactamente de qué están compuestos).
“Natural” no es sinónimo de “seguro”: al igual que todos los químicos, los nutrientes y extractos de plantas ingeridas en dosis altas pueden ser tóxicos.

En exceso, pueden resultar nocivos o tóxicos: vitaminas A, B6, D, hierro, ácido fólico, niacina, ma huang (ephedra o efedrina), L-triptofano, goma de guar, geranio, magnolia, tés supuestamente adelgazantes, entre otros.
Muy pocos productos herbales tienen contraindicaciones en sus etiquetas para alertar a los consumidores sobre sus efectos secundarios. Un ejemplo: hierbas como el ginkgo biloba y la vitamina E no pueden ingerirse si toma medicamentos anticoagulantes. Consulte a su médico, sobre todo si toma alguna medicación o tiene alguna patología.

Si un suplemento dietario tiene inscripciones o publicidades que dicen que el producto ayuda a tratar, curar o prevenir una enfermedad, se está vendiendo ilegalmente como medicamento y no ha sido evaluado de manera segura o eficaz.
Esté atento a la jerga “pseudomédica”: promesas del tipo “desintoxica”, “vigoriza” o “purifica” son tentadoras pero vagas, difíciles de medir, y muchas veces, fraudulentas.
Elija productos con certificación de organismos públicos de regulación. Indican que el fabricante siguió los estándares establecidos.

Según los expertos consultados, son peligrosos los derivados de la efedrina (ma huang), el guaraná y algunos cítricos.

ESTETICA Y SALUD: LOS SUPLEMENTOS DIETARIOS ESTAN APROBADOS COMO “ALIMENTOS”

Los vacíos de la ley favorecen las trampas

Se acerca el verano y estallan las ventas de productos para adelgazar. Entre los más promocionados figuran los suplementos dietarios, un segmento que crece en el país al amparo de algunas normas ambiguas y de conflictos de competencia entre los organismos oficiales que entorpecen su control.
Sumergirse en el negocio de estos productos —compuestos de vitaminas, minerales y otras sustancias que muchas veces se proponen como adelgazantes— es una experiencia opuesta a la que supone su compra: de venta libre, basta acercarse a la góndola de una farmacia o supermercado para llevarlos a casa. Pero rastrear a sus fabricantes y bucear en sus controles es casi imposible. Clarín intentó durante una semana comunicarse con las cámaras de Fabricantes de Alimentos Dietéticos y de Importadores de Suplementos Dietarios. No respondieron. Y en la Cámara Industrial de Laboratorios Farmacéuticos, la de Productores de Especialidades Medicinales de Venta Libre y la de Especialidades Medicinales fueron lacónicos: “No tenemos nada que ver”.
Es que la expansión de estos productos en todo el mundo está teñida por la polémica: si bien son utilizados con fines vinculados a la salud, los suplementos dietarios están inscriptos como alimentos. Es decir, no tienen los controles, la estandarización ni el respaldo científico de los medicamentos. Los fabricantes son los responsables de que sean seguros y quienes deben responder en caso de intoxicación o muerte.

Pero lo más controvertido es que a veces la distancia entre un medicamento y un suplemento dietario es sólo cuestión de dosis: los sustancias que contienen, en algunos casos, son las mismas. “Esto es clave, porque muchos suplementos no están estandarizados. Podemos comprar el mismo frasco, pero no sabemos si estamos tomando lo mismo”, subraya Mónica Katz, nutricionista de la Fundación Favaloro.

A los suplementos de origen nacional los deben fiscalizar las oficinas de seguridad alimentaria de los municipios donde fueron elaborados; a los importados, el Instituto Nacional de Alimentos (INAL). Pero dos decretos desregulatorios firmados por Carlos Menem en 1994 les dieron a los importadores la libertad de optar dónde registrarse, y por lo tanto de elegir quién los controla: pueden anotar sus productos en cualquier municipio del país. En la Administración Nacional de Medicamentos, Alimentos y Tecnología Médica (ANMAT) dicen que esos decretos abrieron las puertas a los productos extranjeros. “Fue un verdadero caos. Ahora el INAL intenta acotar esa permisividad, pero la sombra de esos decretos es amplia y los productores pueden discutir las nuevas restricciones”, explicó una especialista del organismo.

Reduce Fast

     El famoso Reduce Fat Fast es un caso testigo: el pasado 9 de junio el INAL prohibió su venta en Argentina (algo que ya ocurrió en otros países) por “irregularidades en la inscripción”. ¿Qué hicieron sus productores? Lo empezaron a fabricar en el país y lo registraron en Capital, con la misma fórmula (tiene picolinato de cromo, una sustancia que se prohibió como adelgazante en muchos países). Clarín intentó cinco veces consultar a Sprayette, la empresa que lo comercializa en Argentina, pero el gerente de Medios, Gabriel Acero, no respondió las preguntas.

Desde el INAL, su director, Matías de Nicola, admite que “hay que mejorar algunas normas sobre la elaboración y la composición de los suplementos”, pero asegura que los controles garantizan la calidad de los productos: “Hay fiscalizaciones aleatorias cuando entran al país”.

Tampoco está claro quién sanciona las faltas. Una de las más frecuentes es la inclusión de leyendas no autorizadas en los envases. “Ni los suplementos dietarios ni sus publicidades pueden decir que sirven para adelgazar o quemar grasas”, coincidieron todos los funcionarios consultados. ¿Por qué entonces muchos productos lo hacen?, preguntó Clarín. “Puede ser que el envase aprobado no lo diga y que lo agreguen en la imprenta”, sorprendió un alto funcionario con responsabilidad en el tema.
En el INAL aseguraron que “la responsabilidad sobre las bocas de expendio es de las jurisdicciones” y de los inspectores del Ministerio de Salud, pero en la Dirección de Registro y Fiscalización del Ministerio los desmintieron: “En las farmacias sólo controlamos los libros recetarios y los productos preparados (recetas magistrales), que no se pueden elaborar a granel”. Y también en la Dirección de Higiene y Salud Alimentaria porteña: “Sólo controlamos los suplementos que se elaboran en la Capital. En 2004 hicimos 67 multas y 16 prohibiciones por problemas en la fórmula o la rotulación”. Es decir que no queda claro quién debiera sancionar a los múltiples productos que, desde las góndolas, prometen —ilegalmente— adelgazar.
El circuito de venta de estos productos es amplísimo: farmacias, herboristerías, supermercados, servicios de venta directa y, sobre todo, Internet. “La cyberfarmacia y la venta directa por televisión son muy difíciles de controlar. No hay normas o tenemos conflictos de competencia”, se quejaron en la cartera de Salud.
Marcelo Peretta, del Colegio de Farmacéuticos porteño, recomienda “creerles menos a las publicidades: las hacen sus fabricantes y al amparo de controles insuficientes”. La doctora Katz coincide: “Los suplementos dietarios no están regulados por la industria alimenticia ni por la farmacéutica. La gente debe saber que nadie prescribe y nadie controla, que es tierra de nadie”.

Fuente: Universidad Favaloro, Clarin, 6/11/2005

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